Hay un momento que le pasa a todo viajero que llega a la costa de Oaxaca por primera vez: desembarca en Puerto Escondido, ve la fila de hamacas en Zicatela, los vendedores en la orilla, los bares puestos uno junto al otro, y piensa —esto no era lo que buscaba. Luego agarra una combi hacia el sur, se baja en San Agustinillo o en Mazunte, y entiende que el litoral oaxaqueño guarda algo completamente distinto unos kilómetros más adelante.
Esta guía es para quienes buscan exactamente eso: playas donde no tienes que llegar a las siete de la mañana para encontrar un lugar, donde el agua no está revuelta por lanchas de turistas, donde puedes escuchar las olas de verdad.
Por qué la costa de Oaxaca tiene tantas playas vírgenes
La geografía ayuda mucho. El tramo entre Puerto Ángel y Mazunte está cortado por acantilados, cerros que bajan hasta el mar y pequeñas puntas rocosas que aíslan las calas naturalmente. No hay carretera costera continua: la Federal 200 corre varios kilómetros tierra adentro, y llegar a muchas playas implica caminar o bajar por veredas que no aparecen en Google Maps.
Eso mantiene alejados a los grupos organizados y a quien no esté dispuesto a moverse un poco. El resultado son rincones donde la arena no está pisoteada, donde los pelícanos pescan tranquilos y donde la única sombra disponible es la que da la palapa de un lugareño que vende agua de coco.
Playa Mermejita: la más salvaje cerca de Mazunte
A unos veinte minutos caminando desde el centro de Mazunte —siguiendo el sendero que sube por la ladera del cerro y baja al otro lado— aparece Mermejita. Arena oscura, casi negra en algunos tramos, con roca volcánica al fondo. No hay servicios, no hay palapa, y en temporada baja puedes estar horas sin ver a nadie más.
El mar aquí es bravo. No es playa de nadar si no tienes experiencia con rompientes fuertes; las corrientes son impredecibles. Pero para sentarse, leer, ver el paisaje y entender de qué habla la gente cuando dice “playa sin masas”, Mermejita cumple perfectamente. Llevar agua y protección solar propia es obligatorio.
La punta entre San Agustinillo y Mazunte
San Agustinillo termina en una punta rocosa que separa su playa principal de una cala pequeña que los locales llaman simplemente “la otra parte”. Para llegar hay que rodear las rocas cuando la marea está baja —unos diez minutos de caminata por la orilla, saltando piedras— o subir por el camino de tierra que sale del extremo oeste del pueblo.
Al otro lado hay una franja de arena de quizás cien metros. Cuando el mar está tranquilo, el agua es verde claro y el fondo de roca permite ver peces sin necesitar snorkel. En temporada alta (diciembre a marzo) puede haber dos o tres grupos; en temporada de lluvias puedes encontrarla vacía un martes por la mañana.
Playa Brasil, la menos conocida de Puerto Ángel
Puerto Ángel concentra su movimiento en la bahía principal y en Playa Pantéon, pero caminando unos veinticinco minutos por el camino que sale detrás del mercado hacia el este aparece Playa Brasil. Es pequeña, rodeada de vegetación densa, y recibe principalmente a pescadores locales que llegan en panga.
La visibilidad del agua varía mucho según el viento —si sopla del norte levanta sedimento en la bahía de Puerto Ángel y eso se nota hasta aquí— pero en días tranquilos es azul profundo con tonos turquesa en la orilla. Llevar algo de comer y beber, porque no hay ningún puesto instalado de manera fija.
Playa La Entrega: cuando ir marca toda la diferencia
La Entrega tiene palapas, cocineras y una señalización turística que la hace aparecer en todos los tours desde Puerto Ángel. En un sábado de enero puede estar concurrida. Pero si llegas en lancha desde el muelle de Puerto Ángel antes de las ocho de la mañana cualquier día entre mayo y octubre, es probable que te encuentres con diez personas como máximo.
El arrecife que bordea la cala es el atractivo principal: tortugas, peces de muchos colores y visibilidad que en días buenos supera los ocho metros. La combinación de agua protegida y arrecife accesible desde la orilla la hace perfecta para snorkel sin experiencia previa.
Cómo encontrar calas sin nombre
El truco que funciona mejor es preguntar a los pescadores. No a la gente de los hostales, sino a quienes amarran sus pangas en la orilla temprano por la mañana. Ellos conocen todas las entradas al agua, las corrientes de cada temporada y los lugares donde nadie va porque no hay camino señalizado.
La segunda estrategia es caminar a lo largo de la costa cuando la marea baja. Entre San Agustinillo y Mazunte, siguiendo las rocas, se abren tres o cuatro rincones pequeños que no tienen nombre oficial pero que el mar dibuja perfectos a cierta hora del día. Hay que tener cuidado con el regreso: la marea puede subir mientras exploras y cortar el paso.
Qué temporada conviene más
Para encontrar las playas menos concurridas, los meses de mayo a mediados de noviembre tienen la ventaja del turismo bajo. El clima es más húmedo, puede haber lluvia por la tarde, pero las mañanas son habitualmente despejadas y el mar tiene corrientes más calmadas que en pleno invierno cuando llegan los nortes.
La semana entre Navidad y Año Nuevo, y Semana Santa, son los picos de mayor afluencia en toda la costa. Si no tienes opción de evitar esas fechas, la solución es moverse antes de las ocho de la mañana: las playas pequeñas y alejadas suelen vaciarse de gente que no madruga.
Un aviso honesto sobre las corrientes
La costa oaxaqueña tiene corrientes de resaca (rip currents) que no siempre son visibles desde la orilla. En las playas principales como San Agustinillo o Mazunte hay información local sobre los días más seguros para nadar. En las playas sin servicios esa información no existe, y el mar puede cambiar en horas.
La regla práctica: si ves espuma moviéndose en una dirección paralela a la orilla o veta de agua más oscura que el resto, no entras. No es exageración —cada año hay accidentes en playas que parecen tranquilas. Para nadar en lugares desconocidos, ir acompañado y preguntar antes de meterse.
Lo que hace especial a estas playas
Lo que distingue a las playas más remotas de la costa oaxaqueña no es solo la falta de gente. Es la combinación de naturaleza intacta con una infraestructura mínima pero funcional a pocos kilómetros. Puedes pasar la mañana en una cala sin un alma y llegar en veinte minutos a comer un caldo de pescado recién hecho en San Agustinillo.
Esa proximidad entre lo salvaje y lo cómodo es difícil de encontrar en otros litorales de México. La costa oaxaqueña la tiene, y por ahora sigue sin el nivel de desarrollo que la ha cambiado en otras partes del país.
Aprovéchala mientras dure.
[ ENCUESTA RÁPIDA ]